Entrá a mi laberinto de sangre y hueso.
En el centro se oculta, bruto y bufante, el hijo de un tótem demolido.
Lo alimento diariamente con pequeños sacrificios de carne simbólica, y trato de no acercarme demasiado.
Trato.
Porque le tengo más miedo que a la muerte.
Entrá a mi laberinto de hueso y sangre.
Porque si no sos vos, con tu pelo de gloria y en tus manos un puñado de semillas, nadie más podría encontrarme.
Ahí, en el centro.
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