viernes, mayo 22, 2009

El Tao de los Soles Gemelos

Hay un sol maligno al otro lado de la galaxia.
Una ciclópea esfera de verdiazul incandescencia cuyo existencia tiene como único objetivo reencontrarse con su gemelo antitético, nuestro propio sol, en un apocalíptico abrazo final.
Por esto es que desde el principio de los tiempos sigue inexorablemente una trayectoria rectilínea y uniforme, dejando tras de si una estela de aniquilamiento cósmico.
Nada puede hacer con su destino regicida puesto que es como una flecha que se disparó millones de años atrás desde un arco de negrura espacial.
Cuando su asesina cercanía sea lo suficientemente perceptible por los artilugios humanos éstos lo bautizarán con diferentes nombres con la esperanza de quien se aprende de memoria todos los términos relacionados con la enfermedad que lo está matando. Némesis, Caín, Yan. Serán éstos los vanos intentos de la humanidad de domar semioticamente una catástrofe astronómica. Pero los soles son indomables y éste es un ejemplar particularmente asesino.
El Tao de los Soles Gemelos es inevitable y los hombres, en los últimos instantes que precederán a su extinción, comprenderán, mirando hacia el cielo con amargos rostros de aceptación, el verdadero significado de la brutalidad cósmica.

Dos hermanos se abrazan y la luz de una vela se extingue.

domingo, noviembre 02, 2008

Nitrato de Plata

Tenía los modos y ademanes de una actriz del cine mudo. En la vida cotidiana se relacionaba con la luz ambiente de un modo casi amatorio, colocándose en las posiciones y los ángulos que binarizaran su imagen a un blanco y negro cinematográficamente inmaculado, haciéndola parecer una deidad expresionista.
Su sonrisa, de ángulos endiablados, una marquesina carmesí llena de promesas que eran como secretos de estado, pero que eran para todos y para nadie a la vez.
Su presencia en la vida de los demás era fugaz, como si solamente pudiera existir en esta realidad de colorida carne veinticuatro instantes por segundo. Pero su espejismo de celuloide era un jardín secreto de parpadeante maravilla e hipnótico nitrato de plata.
El día de su entierro una tormenta polarizó el cielo y, por un momento, el mundo pareció volverse blanco y negro.

sábado, julio 26, 2008

Autos como tiburones

Autos como tiburones navegan el asfalto de la ciudad dormida. Acechan las calles con desalmados ojos de gelatina negra aleteando, coleteando rimbombantes a una velocidad que los hace parecer inócuos. Pero cuando olfatean a su presa son como zaetas de cromo disparadas por ballestas de relámpago, y se dirigen veloces, sagaces, hacia los incautos transeúntes, que aún creen en lo inquebrantable del tabú de la luz roja. Pero hay criaturas que fueron diseñadas para romper tabúes; se alimentan de la carroña de tótems derribados y cagan el desperdicio grasiento sobre las tumbas de los santos, pues lo único sagrado para ellos es el ansia eterna, el apetito desbocado por desplegar el diseño apocalíptico de la sangre sobre el asfalto, la sinfonía instantánea del tronar de los huesos y la mascarada deforme y cerácea de la muerte violenta. Hijos del hambre y del progreso, autos que son como tiburones sueñan con un tiempo en el que ya no existan los hombres. Un tiempo en el que la última cena conste de un espartano salto al vacío desde algún polvoriento precipicio desértico, que calle la voracidad que los hace rodar y rodar y rodar.
Desde el futuro, como un mensaje enviado hacia atrás en el tiempo, un cementerio de autos en el medio del desierto funciona como tótem de la última prohibición del mundo: no comerás la carne de tu creador.

sábado, abril 28, 2007

Galaxia en miniatura

Una mujer sola, acostada en la cama de la habitación de un hotel de segunda, está dando a luz a una galaxia en miniatura.
Respira y puja tratando de imitar a todas aquellas parturienteas que vió en las películas, pues jamás fue madre. De hecho, jamás estuvo carnalmente con un hombre.
Las pequeñas explosiones del aire acumulado en las arcaicas cañerías del hotel, y el relampagueo incesante, proveniente del falso contacto de la única lámpara que ilumina la escena, parecen conjurar una tormenta dentro de la habitación. Una tormenta en miniatura.
En los ojos de la mujer, prácticamente velados por la cortina danzante de su cabello sudoroso, puede leerse un profundo terror, pero a la vez una infinita esperanza. Pues ella, profesional y virgen de cuarenta y cinco años, a pesar de haber sido siempre atea, recuerda que la última vez en la historia que una mujer inmaculada dió a luz, su producto fue un hombre que cambió la historia.
Pero el milagro que emerge, pulsante, de entre sus piernas no es salvador alguno, ni siquiera un futuro carpintero. Dentro de una esfera de contención que su cuerpo tejió, valiéndose de materiales translúcidos e hiperdensos que jamás imaginó habitaran en las profundidades de sus entrañas (y a pesar de haberse negado rotúndamente durante todo este embarazo cósmico a tejer siquiera un escarpín), se gestó durante nueve milimétricamente exactos y esperanzadores meses una galaxia en miniatura.
La impronta que se graba como a fuego en su retina al contemplar el nacimiento de su imposible hijo le recuerda a la primera y única vez que visitó el planetario; "Dios mío, está lleno de estrellas", pensó como aquella vez, haciendo una involuntaria referencia a la película "2001, Una Odisea Espacial", que, de hecho, jamás vió.
Y porque toda placenta está hecha para romperse al servicio de la vida es que también ésta, a pesar de su naturaleza estelar, muere en una ridícula e insignificante explosión que suena, algo así, como un "¡pop!". Pero a costas de parecer insignificante, es esta explosión la que deja expuestas las temblorosas y abiertas piernas de la madre primeriza a las fuerzas intergravitacionales de su ingrato hijo, provocando una esfera de destrucción total de aproximadamente sesenta centímetros de diámetro. El melancólico empapelado con oscuras reminiscencias escherianas de la habitación, se ve súbitamente actualizado por un salpicré carmesí, producto de la feroz e instantánea espiral sanguinolienta, conjugada por el fluído vital que un segundo atrás circulara por las piernas de la mujer, a quien solamente le quedan segundos de vida.
La recién nacida galaxia en miniatura se dirige flotando, como un globo de helio, hacia la única ventana de la habitación, cuyas cortinas, de un amarillo sucio que recuerda el color de la primera orina de la mañana, se abren, obedeciendo a las insondables fuerzas desatadas y como en una reverencia, dejando un perfecto espacio esférico.
La mujer, con el poco resto de sangre que irriga su agotado cerebro piensa, al contemplar al fruto de su vientre "ahí va mi bebé", y finalmente muere con una satisfecha sonrisa.
No es posible juzgar toda esta escena con un corazón humano, a pesar de estar teñida de desencanto e insalvable injusticia. Es que, sencillamente, los eventos cósmicos siempre suceden con desmedida violencia.

jueves, diciembre 28, 2006

Haiku Blanco de La Reina

Corazón alado,
tu risa como viento arremolinado.
Así quisiste saludarnos.


A Mariana Boyé

La Paradoja del Ventrílocuo y El Muñeco

Las hábiles manos del ventrílocuo dan vida al muñeco animándolo, como si de magia negra se tratase, para maravillar a su boquiabierto público.
"¡Contemplad cómo, con mis manos y mi entrenamiento, doy vida a lo inanimado y, por un instante, destruyo la ilusión de la muerte!", parecen decir sus acciones casi quirúrgicas sobre el rígido cuerpo del muñeco, mientras que niños y adultos se deleitan con el triunfo de la vida sobre la estásis de lo inorgánico.
Pero el ventrílocuo, a pesar del papel nigromomántico que sus rituales perturbadores de las leyes de la vida y la muerte le han concedido, no puede escapar a la línea temporal y un día muere.
En una tarde lluviosa es enterrado, según su última voluntad, junto a su propio muñeco.
Un mes después, hordas de gusanos ya saciados de la menguante carne del ventrílocuo, anidan en el incorruptible cuerpo del muñeco y, por las noches, esta multitud viscosa penetra, como embrujada, en las concavidades de la inmortal carcaza de madera y trapo, animándola en una danza fantasmagóricamente lenta. Si algún desafortunado pudiera contemplar este aquelarre demencial, probablemente imaginaría que frente a él se encuentra una especie de "cajita musical del infierno", cuya única melodía es el canto de los grillos del cementerio y cuya bailarina de cristal es, en realidad, un muñeco agusanado que danza, como en cámara lenta, ante las cuencas, ya vacías de ojos, de su antiguo señor.
Es como si el muñeco siempre hubiera estado habitado por una conciencia pasiva, necesitada de un agente biológico para poder expresarse.

¿Quién es el muerto?
¿Quién es el vivo?

sábado, septiembre 30, 2006

Calesita

¿Cuál es el horror que se esconde en el centro de toda calesita?
El día está surrealísticamente soleado. Parece una foto a la cual se le aumentó deliberadamente el contraste para dar una sensación de recuerdo infantil. El tiempo parece transcurrir en cámara lenta y las sonrisas de los niños abordo de la calesita son infinitas. La música emana de los altavoces, pregonándole a los niños mentiras piadosas acerca del mundo, acerca de la vida. "Todo está bien", "tus padres te aman y son inmortales", "no existen los monstruos". Los niños beben esos mensajes, sedientos de seguridad, sin siquiera sospechar acerca de lo extraterrenalmente extraño que habita en el centro de la calesita. Detrás de paneles que aparentan casi a la perfección ser de madera, adornados con escenas y personajes perturbadoramente inocentes y optimistas, se esconde y existe un horror que haría perder la cabeza al más cuerdo de los hombres. En el centro de cada una de las calesitas del mundo habita, sobre un nido hecho de juguetes obscenos, fotos de autopsias y monstruosas secreciones solidificadas, un rechoncho y crepitante bebé-insecto. Como las pesadillas más grandes del mundo, no se conoce con exactitud el origen de estos infantes infernales, pero éste se remonta a los albores de la humanidad. Desde que el hombre camina en dos patas y sueña, estos seres han ido perfeccionando su pantomina camaleónica y, probablemente, las primeras calesitas del mundo hayan lucido como abultados túmulos decorados con huesos, jirones de cuero y flores, pues la araña disfraza su trampa para poder comerse a su incauta víctima. Y ellos comen. La maquiavélica leche con la que estos bebés-insectos se nutren es la frustración de los niños que montan, sin saber su horripilante papel, la tela de araña más espantosa jamás imaginada. Y la herramienta predilecta de ordeñe es la malditamente darwiniana sortija. Cada vuelta es una posibilidad para los niños de sentirse pequeños príncipes ganadores y, con las mejillas incandescentes y los ojos desorbitados de tensión y espectativa, revuelan las pequeñas y torpes manos para intentar obtener la sortija de metal y, de esta manera, ganar el amor de sus padres. Pero la mano del cruel sortijero, que obedece a un cerebro superiormente mielinizado, es más rápida que el afán de un niño, y hace fluir el cálido y jugoso alimento de la frustración para que lo que está en el centro de la calesita se relama los labios con bífida lengua.
En el centro de cada calesita habita un bebé insecto. Su desarrollo es lento pero constante. Cada uno de estos seres es un tumor en la realidad. Si llegaran a crecer, el mundo será devorado por una metástasis surrealista de gorjeos obscenos y el sonido de mil patas peludas y negras de queratina.